viernes, 16 de septiembre de 2016

T36 - Reynaldo Jiménez - Antemano


Antemano • Reynaldo Jiménez
Prólogo de Eduardo Milán
T36 / 111 págs.


Reynaldo Jiménez, todo nada
                                                                                            Eduardo Milán

Si barroco es lo que se desborda afuera para enroscarse íntimo, ese movimiento es una estrategia para decirse a sí mismo. Ya nada se dice a sí mismo. El desborde del mundo -incluida la estrategia capitalista del despojo- fue tal que esa mismidad ya trae consigo varias vueltas de tuerca. Pero en la poesía de Reynaldo Jiménez sí: es un movimiento de desaparición para crear una intimidad completa. Claro que, avisado por Leibniz-Deleuze, hay un pliegue, una dobladura que es también aviso de salto: aquello permanece agazapado, latente, listo para el zarpazo -o menos bestia: para zarpar del puerto de Buenos Aires al siempre imposible Mar de Los Sargazos. Poesía que no amenace ya no recuerda que es poesía. No sólo que se defienda. Que amenace más allá de todo amén o así sea una memoria de un origen que nunca fue -se crea un origen tan ficticio en poesía que la materia salta feliz.
Antemano, de la obra poética de Reynaldo Jiménez, es el cuerpo de poemas que consolida un concepto de poesía como reserva, no sólo de memoria de hacer de una especie: como reservación -con la semántica desatada por el lugar indígena norteamericano, con su acepción de guarda o guardado como si después de un acontecimiento -o masacre- lo humano quisiera mantener intacta una derrota para no tirar lo que, en un momento, puede resignificarse en trofeo de caza, cabeza cortada o magnífico penacho. ¿A eso ha llegado la poesía? En un nivel simbólico, tal vez. Nadie acabó con la poesía. Ni el Mallarmé del Coup. Mucho menos las vanguardias, el mayor intento malogrado de inseminar poesía en la vida diaria. Pero que la poesía -una cierta poesía, una cierta insistencia en crear, todavía, mundos alternativos a la percepción, una cierta insistencia en des-comunicar el lenguaje que, a la vez que lo des-clasifica (quita clase, quita nobleza, quita sangre azul de capital sangre azul) lo autocalifica, en un proceso de autonomía necesario para defenderse.
No veo otra posibilidad de interpretar la aventura de Reynaldo Jiménez. El lenguaje es cotidianamente abaratado, no porque exista una estrategia, un odio al lenguaje sino que la instrumentalización mediática del lenguaje -y no sólo de los media: el lenguaje se ha vuelto no sólo medio para sino que medio lenguaje y medio desinfectante, medio perfume y medio estupidez- condiciona a decir cualquier cosa. Si el mito occidental más expansivo pide todavía que se perdone a la especie humana por no saber lo que hace, la poesía no perdona a esa misma especie por no saber lo que dice -aunque la poesía no sepa. Clímax del no saber: barroco, simbolismo, vanguardias -y Farai un vers de dreyt nien de Guilhem de Peitieu (siglo XI). Esta historia, que estalla en el barroco en términos de significación, se agudiza en el simbolismo francés -con cierto apoyo uruguayo- entre la significación y la forma, se disemina en las vanguardias del siglo XX en una verdadera disparada de formas, sigue viva como aventura individual en ciertos poetas. Entre los resistentes poéticos, Reynaldo Jiménez, imbatible.
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